Leo… Una Reseña Divertida

leo colovini reseña

Un juego muy peludo para 2-5 niños de 6+ años.

Autoría de Leo Colovini e ilustraciones de Michael Menzel. Licencia de Studiogiochi, publicado por AbacusSpiele y editado en español por Devir.

“Esperad, que el abuelo está a punto de llegar”, advierte Mamá al resto de su familia. Papá junta las cejas: “Podemos empezar sin él, no?” “Ni hablar”, responde la madre, “me especificó muy claramente que quería probar este juego”. Así que no hay más que esperarle, hasta que, finalmente, llega el abuelo entre aclamaciones de los nietos y un beso tierno de Mamá, que a la vez es su hija (¡qué lío!). Abuelo y Papá se saludan con la mirada, un tanto desafiante, como dos tahúres antes de enfrentarse en un duelo. “Vosotros dos”, les llama la atención Mamá, “este es un juego cooperativo, así que portaros bien”.

La nieta es la primera en mover a Leo, lo saca de su cama y lo mueve a la casilla más próxima. Para ello ha utilizado una carta de su mano con el número 1 impreso en las esquinas. “Leo se ha levantado algo perezoso hoy, no?”, pregunta la madre, y su hija se ríe. Al girar la primera casilla encuentran una zebra asustadiza que entorpece el camino de Leo, pero no mucho. “Bien!”, grita la niña. Y el padre avanza las agujas del reloj 1 hora solamente. “Por qué Papá lleva el reloj?”, pregunta el más pequeño de la casa. “Porque en las instrucciones especifica que debe llevarlo quien tenga menos pelo”, explica la madre, y acto seguido sonríe. “Y el abuelo?”, pregunta de nuevo el niño. “Yo llevo la gorra puesta para que no me descubran”, y de esta manera el nieto se queda contento.

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La siguiente en mover a Leo es Mamá, 3 casillas y descubre a un rinoceronte enfadado: +2 horas. El más pequeño de la casa juega una carta de 4 y en la casilla correspondiente descubre a un cocodrilo: y ya van 6 horas en total. El abuelo juega una carta de 2 y aparece otro cocodrilo. “Vaya”, resopla. Le toca el turno a Papá, quien tras mover a Leo descubre en la casilla de destino a una leona (a Leo le encanta detenerse a flirtear con ellas y pierde 5 horas). Tras lo cual han pasado más de 12 horas y se ha perdido un día entero: Bubu, el barbero, ya cerró.

Al día siguiente se descubren dos zebras, un cocodrilo y dos loros, completando las 12 horas otra vez, sin haber llegado a destino. “Recordad bien los colores en las fichas de los animales”, les cuenta Mamá, “si usáis una carta de movimiento del mismo color se anula la penalización de tiempo”.

Al tercer día consiguen llegar bastante lejos pero también fracasan. Y al cuarto, combinando algo de buena suerte con el uso adecuado de colores para prevenir el avanze de las agujas del reloj, recorren dos tercios del recorrido hasta su destino final. Hasta que Papá se encuentra con una leona y pierden 5 horas de golpe, y vuelta a empezar. “Qué royo!”, suelta la hija, y añade: “Por qué Papá siempre se tropieza con alguna leona?” Mamá, ironizando, le responde: “Eso pregúntaselo a tu padre querida, él sabrá”. Mientras, Papá se sonroja.

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Empieza el quinto y último día, y la tensión invade la mesa. “Si no logramos que Leo llegue a su destino, le crecerá tal melena durante la noche que ya no podrá salir ni de su casa, y perderemos la partida”, anuncia Papá. “Sólo nos queda esta oportunidad”. Se suceden, como alentados por las palabras del padre, una série de movimientos clave que permiten a Leo avanzar más de la mitad de su recorrido, y las agujas del reloj apenas se han movido. Pero desconocen qué animales se esconden bajo las losetas del último tramo. Una consecución de malas combinaciones hacen que peligre la misión conjunta, y cuando le toca el turno al abuelo, el reloj está casi a punto de vencer el horario de cierre. “Si me lo dejas a tiro de 2 llegamos a la barbería de Bubu a tiempo, pero no sabemos qué animal se esconde debajo de esa casilla…”, se expresa apesadumbrado Papá. Pero abuelo no se inmuta, no responde ni se mueve, los ojos fijos, penetrantes, sobre la mesa. “Qué hace el abuelo?”, pregunta la niña a su madre. “Está contando”, le explica ella, quien le ha podido observar centenares de veces con esa misma actitud tensa cuando se encontraba a punto de cerrar una partida al dominó. “Contando?”, pregunta el niño. Pero no hay tiempo para respuestas, el abuelo mueve con un 3 azul (de varios treses de distinto color que tenía en la mano), y en la casilla destino aparece un animal con el trasfondo de color azul: las agujas del reloj no se mueven. El estallido de alegría es unánime. “Abuelo ha contado las diferentes casillas descubiertas a lo largo del juego y ha calculado cual era la probabilidad de que le saliera uno u otro color”, instruye a sus hijos la madre. “Ha sido suerte”, se expresa humildemente el abuelo.

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Papá, tras haber completado su movimiento, situando a Leo en la casilla final junto al barbero Bubu, le ofrece una encajada de manos al abuelo. “Siempre es bueno contar con un tahúr en la mesa”, le dice. “O dos”, le responde el abuelo guiñándole el ojo.

“Eso significa que ha ganado Papá?”, pregunta el más pequeño de la casa. “No”, le corrige la madre, “hemos ganado todos”. Tras lo cual al más pequeño se le ilumina el rostro.

By Joel

Author: Joel

I enjoy playing games with my children, friends and family. L'anterior és el lema que faig servir en anglès, i és veritat. També faig promoció i tallers d'iniciació als jocs de taula, perquè crec que el joc és essencial per a l'ésser humà. No es tracta de buscar-li tres peus al gat, sinó que mentres et diverteixes (i divertir-se és del tot necessari) pots exercitar un cúmul d'habilitats i progressar-hi. La vida seria més profitosa si puguéssim jugar una mica cada dia.