Pandemic Legacy 1ª Temporada [prólogo]

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Este prólogo podría leerse como una introducción narrativa a cualquier partida del Pandemic original.

A continuación expongo los nombres de los personajes y sus jugadores (en orden de aparición): Dr. Z. Martin, médico (Xavi); John Kwai, coordinador de efectivos (Joel); Suzanne Flores, generalista (Raúl); Rachel Wick, analista (Dani).

Prólogo

MARTIN

Centro de Control de Enfermedades de Atlanta, 5 de enero.

Dr. Z. Martin. Ese es su nombre completo, el que muestra la credencial, colgada aún en la solapa de su chaqueta. Se da cuenta de ello, tras verse reflejado en el cristal de la puerta de entrada. Se la quita, casi con desprecio. Nunca se ha sentido cómodo llevando una identificación. Es por los pacientes. Impone y marca distancias.

Esta ha sido una noche muy larga. Justo ahora amanece en Atlanta, la ciudad donde nació y que le vió crecer. Ningún recuerdo. No. La noche ha sido extenuante. Revivir, sin remedio, una y otra vez, los momentos críticos. Muchos. Demasiados. Ninguna muerte en su última guardia. No esta noche. La situación parece ir mejorando.

Recién llegado al Centro de Control de Enfermedades (CCE), cruza el vestíbulo, completamente desorientado. Ni una sola cama de hospital. Ni un solo lecho improvisado. Ningún enfermo. Se le hace estraño, pero era de esperar. No se puede exponer a aquellos que buscan la cura. Y aún así, parece que no haya ocurrido nada. Parece un día cualquiera aquí en el centro. Tranquilízate. Debes descansar.

—¿Doctor Martin? —un joven desmelenado de ojos apaisados llama su atención.

coordinador de efectivos john kwai

¿De dónde habrá salido?

—Le he reconocido por el sonido de las botas. Nadie más aquí viste de militar.

—Es mi uniforme de campaña. Soy médico.

—Sí, lo sé. Nos presentaron en la reunión del día uno. Vaya trabajo para empezar el nuevo año, eh?

El rostro de Martin parece sacado de un museo de cera; no hay reacción alguna.

—Ha viajado usted por medio mundo, doctor. Primero como miembro de las Fuerzas Armadas, luego con los cascos azules y más recientemente como miembro de una ONG. Ahora, con nosotros, le toca trabajar en casa.

—Me lo dices o me lo cuentas, chico?

—No abuses de él, Martin —una voz dulce surge del final del pasillo—. John es nuestro coordinador de efectivos. Si le caes mal es capaz de llevarte a tu destino arrastrándote por las peores conexiones.

—Suzanne?

generalista suzanne flores

La primera mueca de alegría en todo el día, qué digo, en años. Suzanne. Suzanne Flores. Cuántos recuerdos.

Se abrazan. Se sonríen.

—A estas alturas deberías estar dando clases en la universidad —la regaña Martin—, eres una chica demasiado lista para correr riesgos allá fuera.

—Y tu eres ya demasiado viejo.

—Jaja, no has perdido ni pizca de humor. Escucha, por qué no te vienes conmigo en la siguiente ronda, tu rapidez nos sería de gran ayuda.

—Me mandan a Canadá. Voy a mi apartamento a recoger el equipaje. John, aquí presente, se encarga de mi vuelo y todo lo demás. Es un buen chico.

Martin le dedica una mirada de aprovación. Cae en el desánimo. Suzanne le acaricia el mentón amigablemente.

—¿Cómo ha sido la vuelta a casa? Inesperada, supongo. Y el trabajo, ¿qué tal va?

—Mejorando. Por lo que respecta a la gripe evoluciona favorablemente. Nadie falleció en las últimas 24 horas. Pero Atlanta está patas arriba. Todos los centros médicos colapsados. En algunos ni siquiera cabría un alfiler. Fué de gran ayuda poder ocupar el Parque Olímpico, ha facilitado en gran medida el control de la epidemia.

—La ocupación del parque fué idea de John.

Sorpresa.

—Dime —continúa ella—, ¿cómo es exactamente?

—Los síntomas se presentan de golpe, y son muy agresivos. Fiebre inexistente al inicio. Dificultad respiratoria aguda, letal en algunos casos. Hay que tratar a los más pequeños al instante… ¿Por qué te destinan a Canadá?

—Ya sabes, alguien que fué por negocios o que volvió a casa después de hacerlos aquí. Hay un contagio, nada serio por el momento. Me mandan como asistencia y también a recabar información.

—Ten cuidado.

—Claro. Y tu descansa de una vez. Esos enfermos te van a necesitar al cien por cien.

La doctora Suzanne Flores. Se marcha. Nada más que un beso en la mejilla. Adiós.

Se despiden a través del cristal de la puerta. Deseando volver a encontrarse en otras circunstancias.

pandemic legacy board

El chico sigue aquí, conectado a su portátil.

—Dime John, ¿tu familia de dónde es? ¿Corea?

—Mis padres son de Milwaukee, doctor. Pero si pregunta por el origen de mis ancestros, China es la respuesta.

—¿Tienes un nombre chino?

—Míng Kwai. Pero nadie lo usa.

—Bien, Kwai. Parece que eres un manitas con los ordenadores. Mira a ver qué datos puedes conseguirme.

—¿Sobre la epidemia?

—¿Qué si no?

Silencio. Repiquetear de dedos en el teclado. Espero que este chico sepa lo que hace.

—La llaman la gripe azul —comenta sin darle ninguna importancia, mientras mantiene su atención en la pantalla.

—¿Qué?

—La epidemia. La llaman la gripe azul.

—¿Y por qué iban a querer llamarla con ese nombre ridículo?

—No lo sé. Para la gente es más fácil que citarla utilizando el código de dígitos y números que usamos aquí para clasificarla.

—Escucha, ¿te crees que esto es una broma? Han fallecido docenas de personas. La población está asustada. La ciudad desierta. ¿Alguna vez has levantado la vista de esa pantalla que llevas a todas partes? Hay un mundo ahí fuera, y se está desmoronando por culpa de algo tan pequeño que para nosotros es invisible. Necesitamos contrastar datos hasta dar con una pista de cómo llegó a producirse, posibilidades, variantes, lo que sea y que nos ayude a encontrar el primer foco de infección. ¡Busca!

Martin termina gritándole.

Reposa. No es culpa suya. Sólo es un chico. Un chico que no ha salido aún de su pantalla. Diós. Estos ordenadores parecen incubadoras. Dan a luz a jóvenes desconectados con el mundo que les rodea.

—Perdona —se lamenta Martin—, iré a por un café.

John asiente.

dr. z. martin medico

En verdad nunca he disfrutado un solo café en mi vida, piensa.

Tras recogerlo de la máquina, se lo toma como quien se traga un jarabe horroroso por prescripción médica. Es entonces cuando una mano empieza a deslizarse por su espalda hasta juntarse con otra mano, ambas rodeándole el cuello. Es un abrazo.

—¿No me digas que te hacen trabajar precisamente el día de tu cumpleaños? —una voz nítida le susurra en la oreja—. Felicidades.

—Rachel, ¿cómo puedes acordarte?

— Cómo no iba a hacerlo. Así que han montado toda una epidemia en tu ciudad natal sólo para conseguir llamar tu atención y que soples las velas. Eres caro de ver.

—Mira quien fué a hablar. ¿Qué haces fuera de tu laboratorio?

Rachel Wick carraspea y hace un gesto hacia a un lado. Martin se da cuenta.

—¿Eso es una maleta? Pero si la Rachel que yo recuerdo apenas pisaba el suelo de la calle. Era casi imposible verte fuera del centro. ¿Qué está pasando aquí?

—Digamos que llevo lo necesario y gracias a John siempre estoy a un tiro de piedra de mi laboratorio.

—Ese John es tan bueno, ¿eh?

—Ajá, dale una oportunidad. Te he escuchado gritarle… No, no me lo digas, ya sé que estás cansado. No te has leído su ficha, ¿verdad?

—¿Qué ficha?

—Nos repartieron el historial de todos los miembros del equipo a cada uno, para saber con quien trabajamos. Tiene sentido, ¿no crees? Fué hace cuatro días. Una carpeta de color azul…

Color azul… Recuerdo una carpeta de color azul.

—La habrás dejado tirada en cualquier sitio. Te conozco. Aquí donde le ves, John ha trabajado para los servicios de inteligencia.

—¿CIA?

Rachel asiente.

analista rachel wick

—Tiene más experiencia y recursos de lo que aparenta.

John. John Kwai. El mismo chico al que acabas de gritar.

—¿A dónde te dirijes? —se preocupa Martin.

—Más bien dirás a dónde me dirijen —responde Rachel, quejándose—. Japón. Concretamente un barrio en la ciudad de Osaka. Parece un pequeño brote de algo nuevo, aunque aparentemente está controlado. También viajan allí representantes de otras organizaciones. Formaremos un equipo internacional. Mi objetivo principal es recopilar datos de primera mano. Al fin y al cabo se trata de mi segunda afición favorita…

—Para poder analizarlos después —Martin termina la frase por ella.

Rachel esboza una sonrisa.

—Si algo se tuerce dile a John que me envíe para echarte una mano, ¿de acuerdo? —añade él.

—Gracias, Martin, se lo diré.

Beso en la mejilla. Suavidad. Fragor a miel y flores de rocío. No hay adiós. Ni tan siquiera un gesto con la mano. Tampoco una mirada. Sólo el traqueteo ruidoso de las ruedecillas de su maleta, alejándose, y los colpetazos de sus tacones contra el duro pavimento.

pandemic legacy board

Mi día de cumpleaños tenía que ser. Tal día como hoy nací en Atlanta.

Pero la ciudad que él recuerda es otra. Inmediata. Una Atlanta irreconocible. Calles vacías. Pasillos de hospitales repletos de pacientes que son atendidos por sus propios familiares en lechos improvisados, familiares que acompañaron al enfermo y que en muchos casos, la mayoría, terminan por aumentar a su vez la lista de pacientes. No hay personal suficiente. Por suerte el contagio parece estar decayendo. Aunque alguna ciudad en la costa este se ha sumado ya durante la última revisión. Además de Canadá. Ya sabía lo de Canadá. Un muerto, y habrá más.

Pero aún así no hay ninguna razón para preocuparse. Las autoridades sanitarias están en alerta máxima. Cada nuevo brote es controlado con mayor firmeza y celeridad.

Entonces, ¿para qué mandar a Suzanne? Puede que exista alguna novedad y no se atrevan a difundirla. Siempre esa intranquilidad, aunque aparentemente todo esté bajo control.

Feliz cumpleaños, Martin, emite para dentro.

Poco a poco se va sumiendo en el estupor por el cansancio acumulado. Sentado en el banco donde acaba de terminarse su café, cabecea con los ojos cerrados. Finalmente cae en un sueño profundo.

By Joel

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